Grindhouse
Esta semana se estrena Planet Terror, de Robert Rodríguez. Por ello, no viene mal rescatar la reseña que escribí en su momento sobre Grindhouse y que acaba de ser publicada íntegramente en Pasadizo.
Para todos los que no hayan visto ambos films, voy a dejar sólo la breve introducción que escribí.
Grindhouse ha generado una polémica elevada a nivel de protesta general debido a la absurda decisión de su compañía distribuidora que, en un arranque de poca lucidez y mucho marketing, ha decidido enviar cortada, dividida en dos films la originalmente concebida por Tarantino y Rodríguez como un film unitario plagado de guiños, homenajes y muestras de las B movies que consumían en su adolescencia -más Tarantino que Rodríguez, todo sea dicho-. El motivo, según la excusa oficial, ha sido que el público europeo carecía de la tradición de ese tipo de cines de barriada que en USA sí existen y están más acostumbrados, algo curioso, cuando no directamente insultante, puesto que precisamente en esas ciudades con tanta tradición por ese tipo de cines Grindhouse ha fracasado y, encima, según los analistas, en casi todas las proyecciones la gente recogía los trastos nada más finalizar la primera parte de los dos films previstos convencidos de que la proyección había finalizado.
Polémicas al margen, quizá no sea una mala idea el haber dividido ambos films ya que, mirada como film unitario, Grindhouse es un trabajo muy irregular, excesivo e hiperbólico por momentos, que no acaba de empastar todo ese collage de texturas audiovisuales tan bien como podría haber sido si sus artífices no hubieran gozado de carta blanca para hacer todo aquello que les apeteciese y que, en momentos puntuales del film, contribuye a una saturación total de ideas, referencias más o menos afortunadas y pesados ejercicios de auto-complacencia cinematográfica.
De todas formas, Grindhouse arrastra la pesada sombra de ser un mero exploit realizado para sacar tajada a una forma de ver cine que los multiplex han ido eliminado con su crecimiento exponencial en las grandes ciudades. Así, no es difícil pronosticar que en breve, gracias al espaldarazo como productor de Tarantino o algún otro incondicional del género, comiencen a proliferar las double features de films con presupuestos irrisorios y tramas poco elaboradas que intenten explotar el viejo sabor de los films setenteros y ochenteros de terror y violencia, de un modo análogo a la operación quirúrgica de implantación en el colectivo cinematográfico norteamericano que hizo Tarantino con los films de Lucio Fulci -convertir cine malo en cine cool objeto de moda o tendencia cinematográfica; una suerte de explotación- y otros guerrilleros del cine menos elaborado, como si a fuerza de pregonar sus bondades fuera a hacerlos mejores directores de lo que en su momento fueran.
La operación lavado que han llevado a cabo Rodríguez y Tarantino de todos esos mitos de la subcultura converge en un film diferente y por ello digno de ser visto, con momentos de auténtico genio -casi siempre, cortesía de Tarantino- y concesiones al gore deliberadamente impactante -cortesía de Rodríguez y la KNB- aderezado por un puñado de trailers falsos que en algunos casos -Werewolf women of the SS, Thanksgiving o Don’t- superan con creces la calidad de las propuestas desarrolladas en formato largo.
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