El cerebro de Frankenstein
El sociólogo alemán Otto Neurath gustaba de emplear una bella metáfora para glosar el hacer filosófico: Somos como navegantes que tienen que transformar su nave en pleno mar, sin jamás poder desmantelarla en un dique de arena y reconstruirla con los mejores materiales […] Si bien podemos disminuir la imprecisión en un sitio, ésta puede surgir acrecentada en otro. Esa pugna con la contingencia -en este caso, de origen metafísico- parece impregnar de forma determinante las imágenes de El cerebro de Frankenstein (Frankenstein must be destroyed, 1969) y, por ende, de toda la serie producida por Hammer Films., al plantear cada película como una nueva etapa trufada de decepcionantes investigaciones violentadas por un foco de origen ubicado en un terreno más allá del bien y del mal.
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Los géneros populares
En los últimos meses se ha convertido en hábito discutir sobre la función de la crítica, de los críticos, de las actitudes/aptitudes de los críticos, y de toda una serie de convenciones más o menos afortunadas que, en la mayoría de los casos, han generado una disputa sin solución. Como uno de los elementos periféricos en esta discusión, siempre ha orbitado la discriminación hacia los géneros más codificados y populares, que un sector de la crítica suele situar por debajo de propuestas de mayor gravedad y enjundia.
Si bien es cierto que lo primero que se desprende de la interpretación de este dato es que existe una polarización interesada que boicotea cualquier intento por ofrecer una mirada más global, complementaria con todo tipo de material fílmico; no es menos cierto que se construye sobre la falacia de enjuiciar como menos serio un género cinematográfico no necesariamente -o, mejor, aparentemente- asociado al drama, o a los problemas más cotidianos. De este modo, la operación de inobservancia hacia un tipo de cine menos comprometido -concepto bastante peligroso y maniqueo- intenta enmascarar una preferencia cinematográfica bajo la apariencia de un hecho objetivo, esto es, que la comedia, el cine fantástico o las películas de acción se sitúan en un peldaño inferior a géneros más serios -de nuevo, otro concepto peligroso-.
Como si se tratase de una reedición de la política de los autores, en su versión más extrema y tendenciosa, hemos vuelto al punto en el que cineastas que han operado sobre las formas del cine, que han prestado atención al desarrollo de la narrativa y, en suma, han ayudado a mantener en perfecto estado la superficie que ahora mismo pisan los últimos directores, han dejado de gozar de la importancia que habían adquirido y, en cambio, han pasado a formar parte de una liga B cinematográfico que los identifica no en función de los logros conseguidos, sino del género al que esos logros fueron adscritos. Así, cineastas como Jacques Tourneur, Edgar G. Ulmer, Curt y Robert Siodmak, Joseph H. Lewis, Victor Fleming y un largo etcétera se han visto relegados a un olvido deliberado gracias al surgimiento de una nueva élite -otro concepto más a poner en cuestión- que ha fomentado su propia visión de lo que es el cine pero, y aquí reside el problema, con el añadido de discriminar todo aquello que no entre por derecho en esas nuevas categorías.
En un primer vistazo, el saldo que ofrece esta posición es ciertamente negativo. Y su defensa, de no mediar un espíritu numantino, tiene pocos argumentos que esgrimir a favor del acusado. Quizá pueda señalar que esta crítica parte de un prejuicio hacia este tipo de cine innovador que ha cambiado los hábitos de consumo de la nueva cinefilia; pero no es tanto ese cambio de hábitos como el olvido sistemático en ese proceso de transformación lo que molesta. En pocas palabras, por qué tener que elegir -y, básicamente, discriminar- entre una cinta de Wang Bing y otra de Val Guest. ¿Qué criterio objetivo es el que empuja a sentenciar el interés por una y el desprecio por otra?
Un posible argumento radicaría en perseverar en el escaso refinamiento o grosería de un material tan propio de la evasión intelectual que, en cierto modo, poco puede ofrecer más que entretenimiento -¿Acaso el acto de pensar no puede ser contenido en el acto de entretenerse?-, por contraposición a una pesada digresión sobre la moralidad de la sociedad hipermoderna -por abandonar la querencia por el discurso post- que obliga a una prolongada reflexión sobre sus fundamentos; algo que traducido al cine puede significar desde un hipotético primer plano estirado en el tiempo, que conciencie, de forma retórica, sobre la maldad/bondad del elemento plasmado en pantalla; hasta un film que proponga más de un plano de discusión y en el que el sustrato social no tenga por qué capitalizar la narración cinematográfico, pudiendo ser este ocultado bajo la forma de diferentes géneros cinematográficos -no restrictivos-.
Aunque los mecanismos de esta jerarquía de valores suelen operar de forma silenciosa, imponiéndose bajo unos cuestionables parámetros estéticos, progresistas, ideológicos o, simplemente, egocéntricos -apelando a la autoridad-, lo cierto es que aún hoy cualquier crítico con un mínimo de instancia, precisamente, crítica puede comprobar como todo este conglomerado de preferencias se erige sobre un criterio subjetivo tan cuestionable como cualquier otro.
Quizá debido a la saturación que produce hablar de películas netamente comerciales, que buscan el placer sensorial por encima del intelectual, ha conducido a una situación de bancarrota como la actual, que a menudo se deja llevar por una euforia inmediata y ensalza cualquier producto que, en apariencia, quiera decir algo y lo exprese de algún modo. Esto produce, en pocas palabras, una tendencia algo acusada a obviar o no apreciar los méritos de cineastas situados en unas coordenadas ajenas al compromiso, pero que, bajo los rasgos de Hitchcock, Sirk o Fisher -abstrayendo la vieja discusión entre autor y artesano, por compleja y arbitraria- han sabido ofrecer pinceladas de realidad tanto o mejor condensadas que otras producciones que ofrecen la realidad a bocajarro y sin abrigo alguno que la proteja.
Los párrafos previos ofrecen no pocas cuestiones sobre las que debatir y, en su mayoría, todas ellas abocan a una cuestión de raíz, aquella que interroga sobre la función del cine, que se balancea peligrosamente entre el entretenimiento o el aburrimiento, o una más neutra funcionalidad instrumental. Es posible que una respuesta inicial sobre cómo podemos afrontar este conjunto de dilemas tienda a apuntar hacia la pragmática -en ocasiones nos vemos obligados a emplearla como mejor arma-, pero conviene señalar que no es esta una cuestión con respuesta única, pues de serlo estaría incurriendo en los mismo defectos que se le achacan.
Por último, me gustaría señalar que aunque las críticas puedan ser personalizables -no nos enfrentamos a un leviatán cualquiera-, no es la intención de este texto apuntar con el dedo acusador, sino más bien interrogar o realizar un sondeo que aclare si la situación actual es la correcta, si este no es más que un debate ilusorio que pone el acento en una discusión inexistente, etc. Yo, por concluir de forma sincera esta declaración, me limitaré a decir que no es el cine patrimonio exclusivo de un determinado género o material, así como creo que el quid de la cuestión radica en saber complementar, además de enriquecer nuestra visión del cine y, por ende, del mundo y de las cosas, que se halla en continua expansión, pero no por ello olvida los elementos que la han precedido.
El estado de las cosas
Fruto del permanente estado de expansión del que hace gala la cada vez más pujante sociedad del blog, he decidido expandir, gracias a una nueva extensión, los dominios de mi blog inicial, y así poder verter una serie de contenidos que, tal vez, no tenían cabida en él.
De este modo, El estado de las cosas surge con la intención de fomentar la discusión, de plantear una serie de temas culturales -actuales y no tan actuales- que, en la medida de lo posible, consigan atraer la atención del espectador y, por qué no, el sano ejercicio de opinar sobre una materia tan interesante y necesaria como la cultura.
Del dudoso éxito y más que posible fracaso, sólo vosotros tenéis, amigos lectores, la última palabra. Yo intentaré dar la suficiente guerra como para alzar mi voz, y que se oiga, en un océano tan superpoblado como el del blog.